13 de febrero de 2016

Parodia, libre expresión y propiedad intelectual



Los tribunales europeos han decidido que el trabajo de armonización de las normativas de propiedad intelectual  camina en la dirección correcta, de modo que los jueces han decidido que es el momento de armonizar también los límites contemplados en las legislaciones. 

Ese fue el punto de vista defendido por Jonathan Griffiths, Reader in Intellectual Property Law en Queen Mary University of London. En un seminario organizado por CIPIL (Centre for Intellectual Property and Information Law) en la universidad de Cambridge el pasado 4 de febrero, Griffiths explicó el contenido de un documento elaborado por la European Copyright Society en torno al caso Deckmyn, en el que la Corte Europea de Justicia defiende el uso de la parodia como límite al derecho de los autores.


La cuestión a debate es el conflicto entre la libertad de expresión y la propiedad intelectual sobre una obra. El demandado había utilizado una conocida ilustración para criticar al alcalde de la ciudad de Gante, cuya cara sustituía a la del personaje original. Este personaje iba por los aires repartiendo regalos a unas personas que, en la nueva versión, venían a ser inmigrantes y solicitantes varios de ayudas sociales. El demandado criticaba así la generosidad del alcalde para con las minorías.


El argumento central de los demandantes se centraba precisamente en la naturaleza discriminatoria del mensaje político resultante de la parodia; no querían ver a la obra original relacionada con posiciones políticas de ultraderecha. Pero, como explicó Griffiths, si el tribunal  tuviera en cuenta el interés de los derechohabientes de evitar toda relación con la discriminación, ninguna parodia sería permitida, ya que esta siempre incluye un elemento burlesco y hace chanza de alguien o algo, es decir, tiene un elemento denigratorio. Además, explicó Griffiths siguiendo el argumento del tribunal, los propietarios de los derechos no pueden decidir si la parodia es autorizada o no en función de sus meros intereses. Evidentemente, ahí se abre un conflicto entre la reputación del propietario de la obra y el derecho a la libre expresión. El tribunal, según Griffiths, está comprometido en establecer un “fair balance” entre derechos fundamentales y así lo manifiesta la sentencia.


En este sentido, Griffiths recordó debates recientes en torno al uso de los enlaces en internet, que algunos jueces entienden deben ser defendidos en aras de defender el derecho a la libre expresión, central a la tradición  europea (una interpretación que pondría en jaque recientes desarrollos de la LPI en España, como la polémica “tasa Google” que tanto revuelo ha generado y tan escaso rendimiento ha dado a los editores españoles)


Para Griffiths y sus compañeros  de la  European Copyright Society, la actividad reciente del tribunal va encaminada a revisar la regla de los tres pasos a la luz del “fair use”. La regla de los tres pasos funciona como un límite a los límites, una especie de cláusula de revisión que limita el alcance de las excepciones al monopolio de los derechos de un autor.  Obliga a que los derechos exclusivos sólo sean válidos ante casos determinados, sin atentar a la explotación normal de la obra y sin perjudicar a los intereses legítimos el autor. Para muchos, la regla de los tres pasos es como el foso de los cocodrilos: si has logrado hacer uso de una obra (por ejemplo, para citarla o parodiarla), argumentando que existe un límite regulado en la ley (artículos 31 a 40bis de la LPI), aún te queda  lidiar con cómo el uso que pretendes darle afecta a la explotación y los intereses del autor. Pero, como el caso Deckmyn muestra, el tribunal europeo usa esta regla para proteger el uso justo de las obras, poniendo derechos como la libertad de expresión por encima de los derechos de propiedad intelectual. Parece ser, como expresó uno de los asistentes a la discusión, que desde ese tribunal se abre una vía para entender los derechos de propiedad intelectual desde la óptica de unos derechos humanos que los limitan y modulan.

1 de abril de 2014

Naves más allá de Orión

He visto naves más allá de Orión. Un encuentro de la industria de la música que no parece un grupo de terapia, una reunión en la que se habla del presente y del futuro pero que se abre recordando el pasado, reconociendo que la aparición de cada nueva tecnología ha cambiado el mercado y las profesiones de la cultura y, a la larga, ha terminado generando ventajas para productores y consumidores.


Altafonte, el distribuidor digital de referencia en España, explicaba a sus clientes por donde van los tiros en la música digital. Primera máxima para encarar el futuro: estamos al servicio de los artistas. Quizás este sea el gran cambio de paradigma de nuestra era. Una discográfica, una distribuidora, un agregador, son empresas que quieren hacer dinero, legítimamente. Pero también el artista necesita llevarse su parte. Y es central no olvidar nunca que sin artista no hay cadena de valor que valga.

No se puede despreciar ningún mercado. ¿Alguien se acuerda de la moda de los politonos? Pues en algunos lugares aún suponen entre el 10 y el 60% del mercado. ¿Ya no se venden discos? Pero sin embargo se venden libro-discos, cajas recopilatorias, conciertos en blue-ray.

Este es un mundo de depredadores. Como lo era antes. Sólo que ahora el Tiranosaurio se llama Google y no EMI. Es cierto que ellos se llevan siempre la parte más sabrosa del pastel, pero una buena estrategia y un buen conocimiento hace que nuestra empresa se lleve un trozo más grande posible. En Alemania crece poco el mercado digital porque los editores decidieron no aceptar las reglas de juego de Google: en consecuencia, el mercado digital es pequeño.

En un mundo de cazadores, a veces la estrategia más inteligente es buscar espacios no habitados. El ejemplo de Deezer es bueno: en vez de lanzarse a competir con Spotify, abrió su servicio en los países donde los suecos aún no tenían presencia. Y ofrece elementos que la competencia no tiene: contenido editorial y una buena oferta local. Y no podemos olvidar que cada planeta tiene una atmósfera distinta: el servicio de streaming funciona bien en Europa, donde no parece importarnos demasiado poseer los contenidos y además queremos elegir lo que escuchamos. Sin embargo, en EEUU parecen preferir sistemas como Pandora (que actúa como enérgico presciptor) e I-tunes, de modo que se hacen con los contenidos en sus discos duros. Y como los americanos se han acostumbrado a comprar en Amazon hasta las cuchillas de afeitar, resulta fácil entender por qué es una de sus sitios favoritos para comprar música.

No todos los manjares caben en los mismos menús. Si tu disco tiene pocas canciones, pero muy largas, es posible que Amazón te pague mucho menos que I-tunes, ya que sus tramos de precios son menos, y el resultado es que valora el disco en función del número de cortes. ¿Qué hacer? No obsesionarse por pescar en todos los caladeros. Quizás ese disco sólo deba estar en los sites que pagan razonablemente; tenerlo en sitios que paguen menos supone dar opciones al comprador de actuar contra nuestra propia ganancia.

Solo queda esperar que esta sabiduría no se pierda como lágrimas en la lluvia.

18 de noviembre de 2013

Piratas y monopolistas



Dos de los mejores trabajos sobre el cambio cultural y de negocio que ha supuesto internet en las industrias culturales son Darknet, de George Lasica (2006) y Appetite for self-destruction, de Knopper (2009). Ambos trabajos se construyen sobre todo a partir de docenas de entrevistas con los altos cargos de las compañías, viejas y nuevas, que mueven los hilos de la cultura y de la red. La mayoría de los entrevistados mantienen un doble discurso: asumen que los viejos tiempos se han acabado, pero no pueden hacerlo públicamente porque sería como reconocer su incompetencia y su falta de ideas. Han hecho tanto dinero en el modelo clásico que simplemente aspiran a seguir haciendo caja el máximo tiempo posible hasta que ya no quede nada y llegue el momento de irse a casa.

Los dos libros se me vinieron a la cabeza nada más ocupar mi asiento en el Centro de Arte Reina Sofía para asistir al Foro de Industrias Culturales 2013. Ya en la apertura empezaron a sonar las cornetas del apocalipsis: el director de la Fundación Santillana afirmaba que el 85% de los libros que circulan en la red son piratas. Una vez más, mucha queja y poca acción. Ninguna reflexión sobre cómo es posible que, después de 10 años de debacles en la industria de la música, después de la irrupción radical de las tablets y del libro electrónico, la industria del libro aún no tenga un modelo de negocio que incluya un buen catálogo digital y precios competitivos. Como explicó esa misma mañana Javier Celaya, de DosDoce (@javiercelaya), sólo el 46% del fondo editorial está digitalizado, frente al 98% en EEUU. Los números cantan, pero los culpable son siempre otros.

Esta falta de crítica hacia dentro caracterizó buena parte de las intervenciones del foro, en contraste con la insistencia en las nuevas oportunidades de negocio loadas por los recién llegados, como Núbico. Parece que nuestra industria cultural corporativa, los Santillana, Planeta, Warner, ADEPI… ha encontrado un nuevo antagonista a la hora de construir su discurso victimista. El enemigo ya no es el chaval cuyo ordenador echa humo mientras descarga millones de canciones desde un P2P; posiblemente, se ha optado por darlos por perdidos para la causa, por asumir que toda una generación ya no volverá a pagar por los contenidos digitales. Ahora se trata de impedir que la nueva generación no siga esos pasos, y para ello es necesario cortar sus herramientas piratas: el peligro se llama Google, Amazon, Apple…  Resulta alucinante escuchar a los gigantes corporativos quejándose de como estas empresas abusan de sus posiciones dominantes y llevan a cabo prácticas monopolísticas, como someten sus impuestos a ingeniería evasiva transnacional y no tienen apenas compromiso con los entornos sociales. No apoyan la investigación, no dan becas de formación…. 


El elemento más ausente de toda la jornada fue, curiosamente, el más importante. No había autores entre los ponentes y se habló bien poco de esta figura. Pero, como señalo Antonio Ramírez, director de la librería La Central, la precarización del sector cultural es la otra cara de la moneda del éxito de las empresas digitales. No es lo mismo comprar un libro en La Central, en la FNAC o en Amazon. ¿Cuántas personas que sepan de libros trabajan en Amazon? Al bajar radicalmente los precios de los productos culturales, quien se llevaba la parte más pequeña (el autor) ve como su ganancia no hace más que mermar, a pesar de que el esfuerzo para escribir un libro o componer una canción no han variado radicalmente en la era digital: siguen requiriendo de horas de aprendizaje, de pruebas, de esfuerzo y de al menos un tanto por ciento de talento.

Es cierto que la batalla digital parece haber transformado las perspectivas de los actores en acción. ¿Es aún Google un puñado de chicos buenos? Monsterrat Domínguez lo planteó crudamente: es posible ganar la batalla de la opinión pública, desde las empresas culturales o desde las instituciones europeas, cuando el adversario es tan simpático como Google? Una empresa que ofrece soluciones constantes, que anticipa los problemas, que crea productos que funcionan bien. Ahora sabemos que no son unos angelitos, que nos espían mano a mano con los gobiernos, pero eso no hace más simpáticos a la PRISA del endiosado Cebrián o a la Santillana que nos cobra 25 euros por un libro de texto infantil que el colegio nos obliga a comprar.

Durante años pensamos que internet era una arcadia, un jardín de las delicias sin maldad. Ahora sabemos que es, simplemente, una jungla llena de trampas.  Los ciberfetichistas y los chicos de Lehman Brothers juegan en el mismo bando: en uno que rehúye todo ordenamiento, basado en una economía heredera de las prácticas de depredación y huida de las viejas sociedades de cazadores y recolectores, como señaló Daniel Innerarity. Estos depredadores piensan rápido y se mueven con agilidad, mientras que nuestros mecanismos sociales son lentos. Necesitamos organizarnos mejor como sociedad para evitar que sus crisis sistémicas y sus prácticas predadoras golpeen constantemente lo social, es decir, a todos nosotros. Porque como señaló César Rendueles (@crendueles), los piratas ya están al mando: son los que se han hecho con la sanidad pública, los que pujan por hacerse con la educación, los que quieren quedarse con la cultura y la vida pública para lucrarse mientras nos expropian lo que es de todos.

REFERENCIAS

LASICA, J.D. (2006) Darknet. La guerra de las multinacionales contra la generación digital y el futuro de los medios audiovisuales. Madrid. Nowtilus.

KNOPPER, S (2009) Apettite for self-destruction. The spectacular crash of the record industry in the digital age. New York. Simon and Schuster

8 de noviembre de 2013

En busca de una nueva cultura



El día 28 de octubre se presentó en la Sala Berlanga el Anuario SGAE 2013, que sigue siendo sin duda la radiografía más precisa del sector de la cultura española. Como ya han pasado varios días y se han publicado un buen montón de reseñas de la jornada, titulada El sector cultural a debate, voy a limitarme a señalar algunas cuestiones que me han llamado la atención, tanto entre los datos como en las opiniones vertidas en el encuentro.


Francisco Galindo señaló, al presentar el anuario, que buena parte de la crisis de la cultura viene por la desaparición del sector público. Hemos pasado de tener una cultura que dependía de los poderes públicos (con todos los problemas de caciquismo y nepotismo que esto implica) a ver que las instituciones se hacen a un lado y, por supuesto, el sector privado no cubre el hueco. Las instituciones públicas no sólo han dejado de ser productoras de cultura, sino que también han dejado de ser consumidoras: no es que se hayan acabado las subvenciones, sino que se han acabado los espectáculos financiados. Los liberales estarán felices: es una perversión financiar la cultura, debe ser el mercado el que establezca qué cosas interesan y cuáles no.


Pero lo bueno de los informes es que permiten cruzar datos y sacar conclusiones que no son evidentes. Resulta que el 78% del consumo de artes escénicas se realiza en Madrid y Barcelona. Es decir, que el resto de España se reparte un 22% de obras de teatro, danza, opera… Es decir, no hay mercados locales. Si el Estado sigue en esta línea de abandonar el sector a su suerte, está condenando a la mayoría de los españoles a la incultura.

Sin embargo, no es del todo exacto decir que el Estado no se preocupa de la cultura. Desde que se ha implantado el 21% de IVA en la cultura, es el Estado quien se lleva la parte del león de la recaudación de cualquier espectáculo, como bien ha explicado Juan Puchades en EFE EME.

Con esta ampliación del IVA se ha recaudado un 6% más por espectáculos, pero se ha dejado de recaudar un 9%, debido a que muchos proyectos no se han llegado a realizar debido al aumento de costes. Y no hablemos de los problemas sociales y presupuestarios que está causando la inacción pública: empresas que cierran, recortes de plantillas… Y no hablamos sólo de artistas: si se deja de programas exposiciones dejan de ganar dinero los transportistas, los montadores, la compañía de seguros, el que fabrica los marcos, la gente de la limpieza, los gestores culturales y, si, el fotógrafo.


Nuevas formas de autoría sin hueco en la ley


Rafael Sánchez Aristi hizo un breve repaso a los cambios que se avecinan en la Ley de Propiedad Intelectual. De forma interesante, afirmó que sería importante saber quiénes son los actores sociales que están impulsando determinados cambios en la ley, quienes hacen aportaciones en el proceso de exposición pública, a quienes escuchan los diputados… Creo recordar que hace poco se aprobó una Ley de Transparencia que no parece que vaya a frenar el juego de los lobbys.


En la sesión dedicada a la propiedad intelectual estuvo permanentemente presente, como una sombra, el desafio que supone para la conceptualización clásica de la propiedad intelectual lo que se ha dado en llamar “contendios generados por los usuarios”. Mientras que Patrich Ager, de la European Composers and Songwriters Alliance, defendió la necesidad de recuperar la narrativa de que el copyright es un estímulo a la creación, Sánchez Aristi reconoció que las reformas de la ley actual no van en la línea de incorporar las nuevas formas de creación surgidas en la web. Aunque matizó que la etiqueta “contenido generado por el usuario” es aún confusa, abarca tanto la mera subida de una canción a YouTube como un video casero que usa fragmentos de canciones o películas de las que el usuario no es derechohabiente. 




La actual situación está generando situaciones paradójicas, como la de Tay Zonday, uno de esos chavales anónimos que de repente se convierten en estrellas de la red, después de que más de 80 millones de personas hayan visto su tema Chocolate rain. En este caso, pone en diálogo su gravísima voz con el Call me maybe de Carly Rae Jepsen (una de las canciones más versionadas en los últimos años): sus 5.774.000 visitas en YouTube están generando regalías a Universal mediante su acuerdo con YouTube, pero el chaval no se está llevando nada por la misma razón: no tiene fuerza negociadora con YouTube.

Una pregunta incómoda

¿Dónde están los autores jóvenes cuando se debate sobre el sector de la cultura? En esta jornada escuchamos a Fermín Cabal, Mercedes Ferer, David Campillo, Alex de la Nuez... que no son, precisamente, recién llegados. ¿Es que la crisis se los ha llevado a todos por delante? ¿Es que las prácticas institucionales no les dan espacio? Sea la que sea la respuesta, creo que sería sano que se escuche más diversidad de voces entre los creadores.

4 de septiembre de 2013

Robert Levine: los parásitos de la cultura y la añoranza del disco compacto



El libro Parásitos, de Robert Levine, ha sido una lectura muy inspiradora durante el verano. Básicamente, porque hay muy pocas cosas en las que estemos de acuerdo. Coincidimos, con matices, en que la vieja aristocracia de la industria de contenidos está cambiando. Donde antes los gigantes se llamaban NBC, The New York Times, Penguin, Sony, ahora se llaman YouTube, Google, Amazon y Spotify. Levine cree que estos nuevos gigantes son malvados, unos oportunistas que se aprovechan del trabajo intelectual de otros. Yo también tengo mis dudas sobre su bondad, pero mis razones son diferentes.

 Es posible que las ideas de Levine me den para discutir más de un tema. De momento, voy a empezar por su análisis de la situación de la industria musical.



Muchos autores han defendido que el problema de la gran industria de la música tras la aparición de internet tuvo más que ver con la estrategia de defender un modelo obsoleto pero muy rentable que con su incapacidad para adaptarse (Knopper 2009, Lasica 2006, Anderson 2007). Una de las rémoras de ese viejo modelo fue la defensa a ultranza del disco, de la colección de canciones, como unidad de consumo frente a la tendencia a consumir canciones sueltas. “Aunque las ventas de canciones en I-tunes a 99 centavos (de dólar) crece, no se acercan a compensar la correspondiente disminución en las ventas de CDs” (p.77). A partir de esta evidencia, Levine viene a sugerir que un mundo discográfico mejor ordenado, en el que la propiedad intelectual se respetase realmente, nos haría volver al álbum frente al imperio del single que Internet ha traído.



Así, recuerda que al manager de Metallica (que, recordemos, fueron la punta de lanza de la industria frente a Napster a costa de un notable enfrentamiento con sus fans, que su publicista considera “desafortunado” (Knopper, 2009, 134) le pareció una buena idea lo de I-tunes  hasta que se dio cuenta de que ahora vende singles “cuando debería vender álbumes” (p.78) Y celebra la política de Kid Rock  al promocionar su single All summer long, que no se vendió como tal, sino solo como parte de un disco completo. Los fans que querían tener la canción que sonaba en la radio no podían hacerse con ella de forma aislada. “Unos decidieron piratear el single, pero otros compraron el disco entero” (p.79)



¿Es realmente un problema la sustitución del álbum por el single en la era digital?  Algunas bandas clásicas, como Pink Floyd, han defendido con uñas y dientes, incluso a nivel legal, que sus discos se traten como una unidad.   Hay que recordar que el álbum nace con la contracultura , cuando crece la aspiración de los músicos de rock de ser considerados artistas, lo que implica el virtuosismo instrumental y abordar temas y narrativas sofisticadas. El Sgt Pepper de los Beatles, The Village Preservation de los Kinks, el Tommy de los Who, Pink Floyd, Yes y todo el rock sinfónico son sin duda artistas de álbumes. Y del mismo modo lo son ACDC y Def Leppard, citados por Levine (p.75)



Pero esta es una cuestión creativa y que se relaciona con el derecho del autor a empaquetar su obra como le venga en gana, apelando a su derecho moral (Art. 14.4 LPI) de exigir el respeto a la integridad e impedir cualquier deformación o modificación (lo que me plantea una duda legal bizantina: si me salto una canción mientras eschucho The Wall, ¿estoy infringiendo algún  derecho del autor del álbum?).



Ahora bien, el argumento de que "las compañías de medios siempre han confiado en la agrupación para vender los productos a un precio que pueda cubrir sus costes fijos" (p.75) es de otra naturaleza. Tiene que ver con la cuestión del valor y el precio. Si el artista piensa en términos de álbum, como hacen la mayoría (ver Fouce 2011), es una cosa. Pero ¿qué pasa con las Britney Spears, Taylor Swifts, Riannas, Shakira etc..? ¿Cuánta gente ha escuchado un disco de ellas del principio al final? ¿Qué porcentaje suponen frente a los que han escuchado su obra de forma fragmentaria? ¿Cuántas de sus canciones han sonado realmente, han sido tarareadas, escuchadas y recordadas? En el caso de los discos más exitosos, puede que tres, los tres singles que se empaquetan como tales. Vender discos de 12 canciones cuando en realidad solo 3 merecen la pena es una maravillosa forma de tangar al comprador, del mismo modo que lo es vender a un anciano un móvil que se conecta a Internet, tiene mil canciones  gratis y permite chatear con 19 amigos en tiempo real. El precio del producto se incrementa gracias a unas prestaciones que el usuario no precisa, de modo que paga de más cuando por la mitad podría tener un producto realmente ajustado a sus necesidades, igualando valor y precio.



Por otra parte, hay una componente generacional importante. Los grupos de álbumes que hemos citado no son precisamente emergentes. Posiblemente eso influya en el perfil de sus compradores. Habría que investigar más. Pero mis investigaciones con oyentes (Fouce 2009), que necesitan ser puestas al día, me dicen que las generaciones más jóvenes han adoptado el single como unidad de consumo. Y no parece que eso vaya a tener vuelta atrás. Quizás sea posible que una parte de los compradores de CDs perdidos a causa del éxito del P2P se recuperen si pueden comprar canciones a un precio módico en internet. Pero la desaparición de las tiendas de discos y las nuevas formas de consumo y relación social (no olvidemos que la música se comparte más que nunca)  hacen bien difícil la vuelta del disco a nivel masivo.



Como oyente, aprecio mucho el álbum. Tengo un buen montón de LPs en vinilo y disfruto enormemente de su escucha. Pero tengo también extensas listas de reproducción guardadas, CDs con cientos de MP3 grabados  con listas de canciones de grupos y artistas de los que no sé si han hecho más que la canción que me interesaba. Eso responde a una lógica de la escucha y del consumo. El álbum responde a otra. Ninguna de las dos es excluyente. 



Soñar con que la industria volverá a ser resplandeciente y a vender discos de 15 canciones consciente de que solo dos merecen la pena, inflando el precio del soporte (Negativland 2008) y con fantásticos márgenes de beneficio (Knopper 2009)  parece tan utópico como acabar con el capitalismo a base de piratear discos de Metallica.

REFERENCIAS
Anderson, Chris (2007) La economía long tail. De los mercados de masas al triunfo de lo minoritario. Barcelona. Urano


Fouce, Héctor: (2009) Culturas emergentes y nuevas tecnologías en España. Prácticas emergentes en la música digital. Madrid: Fundación Alternativas

____________ (2011) “Experiencias memorables en la era de la música instantánea”. Análisi Monogràfic Audiovisual 2.0 http://www.analisi.cat/ojs/index.php/analisi/article/view/m2012-fouce

Knopper, Steve (2009) Appetite for self-destruction. The spectacular crash of the record industry in the digital age. London. Simons & Schuster

Lasica, (2006) Darknet. La guerra de las multinacionales contra la generación digital y el futuro de los medios audiovisuales. Madrid. Nowtilus

Levine, Robert (2013) Parásitos. Como los oportunistas digitales están acabando con el negocio de la cultura. Barcelona. Ariel

Negativland (2008). “Shinny, aluminum, plastic and digital” www.negativland.com/news/?page_id=24.